Corazón de gárgola

Estaba asomada a su balcón favorito, el que daba a la repisa de las gárgolas. Admiraba la vista de la ciudad que tenía desde lo alto del templo, pero lo que más le gustaba era salir por la ventana y sentarse junto a sus viejas amigas, las únicas que jamás le habían hecho daño… Tal vez fuese porque eran de piedra, el mismo material frío y duro, inamovible e impenetrable que recubría su corazón.

Se subió al alfeizar y saltó al tejadillo que había bajo la ventana. Trepó hasta el hueco que quedaba entre el cuello y el ala de la gárgola más grande y se sentó allí, dejando que el fresco viento de finales de una tarde de primavera le revolviera el pelo y se llevara sus preocupaciones. Como qué pasaría cuando cumpliera los dieciséis años. Había vivido en el Templo del Oráculo de Nïhm desde que naciera,o al menos eso es lo que el Alto Sacerdote le había contado. Había recibido la misma formación que todas las novicias, pero jamás había acudido a las clases con ellas. En una semana era su cumpleaños y, a los dieciséis las novicias eran enviadas a los distintos Oráculos de los reinos de Dureldan, Baerhon, Sindare, Gereel y Nameryss para terminar su formación y ascender a sacerdotisas para luego especializarse. Las más dotadas terminaban trabajando en el propio Oráculo, transmitiendo el mensaje de los dioses. Pero a ella nunca le habían dicho qué le deparaba el futuro. Y tampoco le hacía demasiada gracia acabar en un Templo de por vida. Si aún existiese la Orden de las Sarhaïen, las sacerdotisas guerreras… pero el Rey la había eliminado hacía más de cincuenta años, cuando subió al trono.

Suspiró larga y pesadamente. Tendría que ir a hablar con el Alto Sacerdote pronto, aunque cada vez que lo pensaba le entraban escalofríos de rabia y repulsión. Los Altos Sacerdotes debían ser ejemplos de rectitud y pureza. Aquel hombre era de todo menos eso. Se encerraba largas horas en sus dependencias con una o varias novicias y se entregaba a sus perversiones. Les hacía de todo: les sacaba la sangre y la bebía mezclada con vino, o directamente de la muchacha; las poseía contra su voluntad, las obligaba a hacerlo entre ellas o traía matones sucios, malolientes y brutos de los barrios más bajos y degradados de la ciudad para que las violasen a placer… Pero nadie fuera del Templo sabía nada, incluso dentro de aquellas paredes había gente que desconocía lo que pasaba dentro de las habitaciones de la Torre Alarëin, la Torre del Sol. Si ella lo sabía era porque lo había sufrido en sus propias carnes. Y había visto que las amenazas de aquel hombre se cumplían, aunque fuesen de muerte.

Apoyó la cabeza en la de la gárgola y una silenciosa lágrima descendió por su cara hasta caer en la roca tallada. Algún día le haría pagar todo por lo que la había hecho pasar. Y aquel día no estaba tan lejos como esperaba…