Apocalipsis zombie:Día 1

El tren va a la perfección y avanza sin problemas aparentes. Pero cada vez va subiendo gente más nerviosa con mochilas y maletas. La noticia se extiende como la pólvora, pero me he dado cuenta de que la mayoría de los que suben son frikis o familias que tienen alguno… No, si al final tanta fiebre zombie servirá para algo.

Estamos llegando ya casi a Méndez Álvaro cuando el tren para de golpe en el túnel. No, joder…¡¡¡ahora no, que casi hemos llegado!!! La gente empieza a ponerse nerviosa. Mira por las ventanas, intentando ver algo. Yo les imito y veo a un hombre corriendo por las vías. Un poco detrás van dos zombies persiguiéndole. Van en dirección contraria a nosotros. De repente se ve una luz en el túnel. El hombre no se da cuenta en su precipitada huida y los tres son aplastados por el tren. La gente vuelve a sentarse en silencio. Algunos lloran. Otros están absolutamente palidos. Yo estoy pensando… mejor cuando llegue a la estación.

Al fin llegamos y bajamos hasta los tornos del metro. Intento parar un momento para hacer una llamada, pero la marea humana me empuja. Menos mal que en esta línea hay cobertura…

Una vez en el andén veo que cada vez hay más y más gente… No quiero imaginarme cómo estarán las carreteras. En las vías hay tres personas aplastadas. Suicidas prematuros…

Saco el móvil y al fin llamo a la persona de la que me había acordado.

-¿Draco? ¿Te has enterado? ¿Estás bien?

Apocalipsis Zombie

Son las seis y media de la mañana y no puedo seguir durmiendo. Al fin he conseguido quedarme a dormir de nuevo en casa de mi abuela, pero tengo la horrible sensación de que hoy no será un buen día. 

Me canso de dar vueltas en la cama y cojo el portatil. Seguro que a estas horas no hay nadie conectado, pero tengo que hacer algo. Me meto en Twitter y veo algunos tweets de americanos sobre zombies. Siempre los hay, pero hoy son muchos. Bah, americanos… Será que se aburren en masa o algo.

A las nueve de la mañana me vuelvo a quedar dormida y tengo pesadillas. Con él, con el otro él, con casi todos mis amigos… Abro un ojo y miro el móvil. Son las 12 y media y mi abuela aún no me ha venido a despertar. Espera…hoy tenía que ir al hospital, cierto… Bueno, tendré que ir haciendo algo. 

Despierto a mi hermano y ponemos la televisión mientras hacemos las camas y tal. En todos los canales están las noticias. En todos hablan de ataques extraños, heridas mortales… Con cada noticia me voy asustando más. Entonces mi abuela me llama y me dice que el hospital es una maldita locura de heridos que no paran de llegar y que llegará muy tarde a casa. En ese momento sale ese hospital en la tele y empiezo a gritarle a mi abuela que salga de allí, que se vaya ya, antes de que la dejen allí encerrada. Me dice que no diga tonterías y la oigo gritar. Casi se me cae el móvil de la mano… Mierda, mierda, mierda, mierda… Las lágrimas me ciegan. Le digo a mi abuela que la quiero, que lo siento por todo lo que ha pasado entre nosotras…Hasta que se acaba el saldo. No he tenido el valor de decirle que va a morir de aquí a unas horas…

Le digo a mi hermano que se vista y meta en una mochila lo imprescindible. Rápido, quiero estar fuera de allí antes de que colapsen las carreteras. Cogemos lo que podemos y nos vamos, dejándole una nota a mi abuelo, explicándole lo que está pasando. Seguro que no me cree y muere también. Pero no hay nada que hacer.

Llamo al primer contacto que me sale en la lista de llamadas (qué casualidad…es él.) y le cuento lo que está pasando y que vo para su casa. Él me dice que también lo ha visto en las noticias y que mejor quedamos a medio camino. 

Llegamos corriendo a la Renfe. Allí aún no han llegado las noticias. Eso significa que el transporte irá bien. Solo espero poder llegar a donde hemos quedado…

Corazón de Gárgola (III)

Le sostuvo la mirada y, durante un instante, tan sólo un segundo, pensó no responder, soportar sus abusos y dejar que el tiempo hablase. Pero una breve mirada a los ventanales le recordó que a veces el tiempo se queda mudo…

-Yo… quisiera saber qué tenéis reservado para mí cuando cumpla los dieciséis.

Él la miró al principio sin decir nada, después se rió por lo bajo sacudiendo la cabeza.

-Mi pequeña favorita…¿qué crees que te depara el futuro? ¿Un insulso noviciado en algún Templo de los Reinos? No…yo había pensado en otra cosa…

Mientras hablaba la había ido empujando hacia la gran cama con dosel que dominaba la estancia. Tenía sábanas de suave algodón, un colchón de plumas y un armazón de madera de roble de las islas Duruwen. La lanzó contra el mullido colchón y se subió sobre ella, abriéndole las piernas. Ella comprendió que no hablaría más hasta conseguir lo que quería, así que se dejó hacer, deseando que pasase lo antes posible.

 

El Alto Sacerdote la besó con furia, llevado por la intensa lujuria que lo dominaba cuando estaba con ella. Fue bajando por el cuello, besando y mordiendo con una fuerza excesiva mientras le iba arrancando la ropa del cuerpo. Olió la sangre y reprimió un suspiro de frustración, pues aquello significaba que era una de sus noches más salvajes. Y le había tocado a ella. Qué bien. Giró la cabeza y vio la colección de látigos y demás instrumentos expuesta en una mesa. Una intensa corriente de furia recorrió su columna. ¿De las más salvajes? Aquello era peor. Había algunos que no había visto jamás y que preferiría no experimentar en su cuerpo… Él interpretó el escalofrío como deseo e incrementó el ritmo de los besos, llevó una mano a su sexo e introdujo dos dedos con fuerza, una y otra vez, como si pretendiese taladrarla de un lado a otro. Ella contuvo el impulso de cerrar las piernas y atacarle.

Aquel hombre estaba midiendo su respuesta a su brutalidad, estudiaba los límites de su cuerpo, hasta dónde podía forzarlos… Ella llevaba años soportando estoicamente todas y cada una de sus torturas sin emitir un solo sonido de queja, lo cual era, sin asomo de duda, contraproducente: porque el Alto Sacerdote se frustraba consigo mismo porque pensaba que estaba haciendo algo mal y con ella porque pensaba que le estaba retando. Y no se equivocaba del todo. Se había propuesto no darle la satisfacción de oírla gritar… Al menos no a ella, al menos no de esa manera.

Paró y se levantó de la cama, la puso a ella con la cabeza colgando del borde de la cama y comenzó a penetrarle la garganta de la manera más bestia. Pero ella apenas sentía dolor. Eran ya demasiados años de práctica… Cuando se cansó de esa postura de cogió de las caderas, la puso de espaldas a él y empezó a embestirla con fuerza…tanto que llegaba hasta el fondo y dolía. Pero ella no soltó el más mínimo gemido. De hecho, llegó a disfrutar de aquel salvajismo… Había aprendido que, si inclinaba un poco las caderas hacia dentro con cada embestida alcanzaba un punto de placer que la volvía loca y la hacía alcanzar el clímax. Pero él no debía darse cuenta de nada…

Finalmente la soltó. Y ella supo que estaba a punto de acabar. La tumbó en la cama bocarriba, se puso él encima y volió a penetrarla, esta vez lenta y profundamente. La agarró del pelo y la obligó a mirarle a la cara mientras escupía sucias palabras sobre ella.

-Dime, puta, ¿te gusta? ¿Estás pasándolo bien? Sí, esa cara de zorra viciosa dice que te gusta que te folle como a una perra…Oh, sí… ¡¡Sé que te gusta que te taladre con mi polla!! Vamos, suplicame más… ¡¡Chilla, puta!! ¡¡Grita!!

Entonces tiró de su pelo todo lo fuerte que pudo mientras se corría dentro de ella con un grito como de triunfo. Ella sentía como su semen la llenaba y se desbordaba. Y, para su desgracia, ella se convulsionó con el orgasmo más intenso que jamás había experimentado. El hombre la miró con una ceja alzada y una sonrisa irónica en la cara.

-¿Ves, putilla mía? Sabía que te gustaba…

Por suerte estaba ya viejo y tuvo que tumbarse a su lado para recuperar el aliento. Ella, de espaldas a él, esperó la orden de siempre de tomarse las hierbas para no quedarse embarazada. Pero la orden no llegaba.

-Mi señor…las hierbas…-acertó a balbucear.

-¿Hierbas? No seas ridícula… Eso forma parte de lo que te depara el futuro. Te quedarás aquí y serás mi concubina. Tendrás mis hijos y me satisfarás cuando yo quiera, a pesar de que siga follándome a todas las tiernas novicias que pasen por aquí hasta el día de mi muerte. Me darás hijos varones a los que instruiré para sucederme y a los que también satisfarás cuando yo guste. Me darás hijas hembras a las que me follaré hasta reventarlas cuando me venga en gana. Serán mías, mi sangre…Mias…

Casi pudo oír cómo se relamía… Con cada palabra aumentaba el asco que sentía por aquel ser, tan despreciable que hasta en el mismísimo infierno lo repudiarían.

Paralizada de rabia como estaba no vio que le inmovilizaba las muñecas contra los postes de la cama y se levantaba para coger uno de los horribles instrumentos aquellos. Entonces empezó a gritar. Tantos años reprimidos salieron de golpe de su garganta. Sabía que nadie la oiría y que, de hacerlo, nadie movería un dedo para ayudarla. Pero sentía que debía gritar hasta que los pulmones le estallasen.

Él se fue acercando a ella con el artefacto en la mano, sonriendo como el loco que era y, cuando estaba a punto de tocarla con el frío metal, una de las ventanas estalló sembrando la habitación de cristales.

Corazón de gárgola (II)

Cuando alzó la cabeza ya había anochecido. Se había sumido tanto en sus reflexiones que apenas se había dado cuenta de que los cálidos naranjas y rosados del atardecer habían dado paso al fresco azul oscuro, casi negro, salpicado de plata, de una noche tranquila y silenciosa.

Se puso en pie sobre el hombro de la gárgola, en perfecto equilibrio, y estiró sus entumecidos músculos. Desde allí veía a las últimas personas honradas dirigirse a sus casas con paso presuroso… y a los ladrones y desheredados salir de las sombras. Vio cómo un par de ratas asaltaban a un hombre para robarle lo poco que llevara encima. El hombre se enfrentó a ellos. Craso error. Si les hubiese dado lo que querían se habrían largado; pero al pegarles había firmado su sentencia de muerte. Sí, tal cómo pensaba, un cuchillo entre las costillas, perforando un pulmón muy cerca del corazón pero sin llegar a tocarlo. Los ladrones se largaron dejando allí a su victima agonizante. Supuso que podría bajar corriendo y avisara a las sanadoras,pero… ¿para qué? ¿Y si le ayudaban, sobrevivía, pero después de aquello se convertía en otra rata desalmada? Se encogió de hombros. No era problema suyo. Debió haber sido más listo y no dejarse llevar por la desesperación. La desesperación de conservar unas mísers monedas para alimentar a una familia, tal vez. Bien, ahora esa familia sí que pasaría hambre. Sacudió la cabeza, se dio la vuelta y, de un salto volvió al tejadillo; pasó por la ventana y la cerró. Les dedicó una última mirada a sus pétreas compañeras, como pidiéndoles ánimos, y se alejó de allí en dirección a la Torre Alarëin. 

Recorrió los pasillos sola y en un silencio más que absoluto. Los más probable es que todos estuviesen durmiendo ya. O casi todos. Torció el gesto en una mueca de repulsión apenas perceptible cuando se cruzó con dos enormes matones que se dirigían a la salida del Templo. Entre risotadas estúpidas la acorralaron contra la pared y le pusieron las manos encima. Aguantó sus soeces, su peste asfixiante a alcohol, sudor, sangre (¿sangre?), y sexo; sus intentos de convencerla para que les hiciera… otro favorcillo hasta que no pudo más y estalló. Les soltó un puñetazo a cada uno en la mandíbula con una fuerza desmesurada pero que no consiguió más que enfurecerlos y, cegados como estaban por el alcohol, se lanzaron a por ella. La tiraron al suelo y mientras se retorcía tratando de morderles y arañarles ellos intentaban arrancarle la ropa. Consiguió morder a uno en el brazo, fuerte, hasta que le hizo sangrar. Aquella bestia se la sacudió de un tirón y estaba a punto de golpearle la cabeza contra el suelo para dejarla inconsciente cuando, tras ellos apareció la figura alta y estilizada del Alto Sacerdote.

-Amigo, yo que usted no lo haría.-dijo sin alzar la voz, pero con la amenaza más que patente.

El bruto se giró y le miró embobado, sin acertar plenamente quién era, pero cejó en su empeño de golpearla. Ambos matones se levantaron para enfrentarse al recién llegado que parecía querer arrebatarles la diversión.

-Oh, no. No creo que haga falta que nos enfrentemos, ¿verdad? Os la cambio por una de mis nuevas adquisiciones, una hermosa y jovencísima belleza rubia del Reino de Gereel-sacó a la pequeña de detrás suya. La niña no tendría más de diez años y en su rostro se veía que el Alto Sacerdote ya había probado su…nueva adquisición.

Los hombres se miraron y, sonriendo como bobos, asintieron, cogieron a la niña y se marcharon hacia las habitaciones de las que acababan de salir. 

El Alto Sacerdote la miró por encima del hombro, con la habitual mirada llena de lujuria animal que le tenía reservada a ella, su favorita, como él la llamaba. Con un gesto la indicó que le siguiera. 

Cuando llegaron a sus aposentos de la Torre él cerró las puertas tras de sí y echó el cerrojo. Con llave. Doble vuelta. Ella le miró impasible, pero por dentro bullía de furia. Se asomó a las ventanas y vio desde allí a sus gárgolas, algunas de ellas miraban en dirección a esa ventana. les devolvió su estática mirada y se sintió un poco mejor. Se giró para mirarle. Estaba tan cerca de ella que casi podía sentir los latidos desbocados de su negro corazón. Alzó una mano y recorrió lentamente su rostro. Le temblaba el pulso. Se acercó aún más y ella supo que sería una larga noche sometida a sus lujuriosas depravaciones…

-Bien, mi pequeña favorita…¿Qué es lo que quieres?

Corazón de gárgola

Estaba asomada a su balcón favorito, el que daba a la repisa de las gárgolas. Admiraba la vista de la ciudad que tenía desde lo alto del templo, pero lo que más le gustaba era salir por la ventana y sentarse junto a sus viejas amigas, las únicas que jamás le habían hecho daño… Tal vez fuese porque eran de piedra, el mismo material frío y duro, inamovible e impenetrable que recubría su corazón.

Se subió al alfeizar y saltó al tejadillo que había bajo la ventana. Trepó hasta el hueco que quedaba entre el cuello y el ala de la gárgola más grande y se sentó allí, dejando que el fresco viento de finales de una tarde de primavera le revolviera el pelo y se llevara sus preocupaciones. Como qué pasaría cuando cumpliera los dieciséis años. Había vivido en el Templo del Oráculo de Nïhm desde que naciera,o al menos eso es lo que el Alto Sacerdote le había contado. Había recibido la misma formación que todas las novicias, pero jamás había acudido a las clases con ellas. En una semana era su cumpleaños y, a los dieciséis las novicias eran enviadas a los distintos Oráculos de los reinos de Dureldan, Baerhon, Sindare, Gereel y Nameryss para terminar su formación y ascender a sacerdotisas para luego especializarse. Las más dotadas terminaban trabajando en el propio Oráculo, transmitiendo el mensaje de los dioses. Pero a ella nunca le habían dicho qué le deparaba el futuro. Y tampoco le hacía demasiada gracia acabar en un Templo de por vida. Si aún existiese la Orden de las Sarhaïen, las sacerdotisas guerreras… pero el Rey la había eliminado hacía más de cincuenta años, cuando subió al trono.

Suspiró larga y pesadamente. Tendría que ir a hablar con el Alto Sacerdote pronto, aunque cada vez que lo pensaba le entraban escalofríos de rabia y repulsión. Los Altos Sacerdotes debían ser ejemplos de rectitud y pureza. Aquel hombre era de todo menos eso. Se encerraba largas horas en sus dependencias con una o varias novicias y se entregaba a sus perversiones. Les hacía de todo: les sacaba la sangre y la bebía mezclada con vino, o directamente de la muchacha; las poseía contra su voluntad, las obligaba a hacerlo entre ellas o traía matones sucios, malolientes y brutos de los barrios más bajos y degradados de la ciudad para que las violasen a placer… Pero nadie fuera del Templo sabía nada, incluso dentro de aquellas paredes había gente que desconocía lo que pasaba dentro de las habitaciones de la Torre Alarëin, la Torre del Sol. Si ella lo sabía era porque lo había sufrido en sus propias carnes. Y había visto que las amenazas de aquel hombre se cumplían, aunque fuesen de muerte.

Apoyó la cabeza en la de la gárgola y una silenciosa lágrima descendió por su cara hasta caer en la roca tallada. Algún día le haría pagar todo por lo que la había hecho pasar. Y aquel día no estaba tan lejos como esperaba…