Corazón de Gárgola (IV)

El sacerdote gritó, cubriéndose la cara con los brazos para protegerse de los cristales. Ella, atada como estaba, no pudo más que mirar cómo surgía de la destrozada cristalera una enorme figura con la piel de color grisáceo, músculos marcados, la parte inferior del cuerpo como de león o dragón, unas grandes alas que nacían en la espalda y una expresión feroz que anunciaba sufrimiento. Aún después de analizarle dos veces no podía creer lo que estaba viendo. Acababa de entrar por la ventana una gárgola. SU gárgola, en la que se sentaba siempre que salía al tejado. 

-Mi señor, mi señor, no me hagáis daño, por favor. 

El sacerdote había recuperado la voz,que sonaba como el chillido de la rata infecta que era. Ahora se le veía encogido, arrugado, la mirada inflamada por el miedo. Desnudo como estaba daba un espectáculo más que lamentable, con las piernas temblándole. Ya no quedaba en él nada del majestuoso Gran Sacerdote que tanto la había torturado. Una sádica sonrisa de placer se dibujó en su rostro al ver que la gárgola le cogía del cuello y le ponía a la altura de su rostro. Entonces habló con una voz profunda como la noche, una voz que a ella le transmitió una indescriptible sensación de poder. Y que asustó al viejo hasta el punto de hacerle orinarse.

-Mallorak, sabes lo que viene ahora. Me has desobedecido hasta las últimas consecuencias. Te permití hacer lo que quisieras con las otras chicas para saciar tus depravados instintos. Pero te advertí claramente que a ella- la señaló con la cabeza- no le tocases ni la sombra. Y has hecho mucho más que eso. Ahora, ya sabes lo que toca…

El viejo empezó a retorcerse entre súplicas, ruegos, amenazas, gritos y llantos. A una palabra de la gárgola (¡¡Nymiel!!) otra de las gárgolas entró a la habitación. Esta era más pequeña, al parecer una hembra. Entró contoneándose, mostrando su voluptuosa belleza en todo su esplendor, y con una sonrisa que invitaba a tocarla. El sacerdote seguía chillando el manos del otro, pero con el miembro totalmente erecto. 

Ella, la gárgola pequeña, liberó a la chica de sus ataduras y le dijo que se vistiese con lo que pudiese. Después agarró al viejo y lo arrojó a la cama, le ató las manos a los postes y le amordazó. 

-Bien, mi señor- dijo con un tono burlón, dirigiéndose a la gárgola más grande-. Ya puedes llevarte a tu hija de aquí, Wolreïn. 

¿Qué? ¿Su hija? ¿Había oído bien? ¿Estaba diciendo que ELLA era la HIJA de la GÁRGOLA? Le miró desconcertada. Él suspiró pesadamente. 

-Ya habrá tiempo para explicaciones, Alihëin. Ahora dejemos que Nymiel cumpla con su trabajo. 

Hizo ademán de cogerla para sacarla por la ventana, pero ella se apartó y se plantó en medio de la habitación con una oscura determinación en la mirada.

-No. Quiero quedarme. Quiero verle…morir, padre.

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Corazón de Gárgola (III)

Le sostuvo la mirada y, durante un instante, tan sólo un segundo, pensó no responder, soportar sus abusos y dejar que el tiempo hablase. Pero una breve mirada a los ventanales le recordó que a veces el tiempo se queda mudo…

-Yo… quisiera saber qué tenéis reservado para mí cuando cumpla los dieciséis.

Él la miró al principio sin decir nada, después se rió por lo bajo sacudiendo la cabeza.

-Mi pequeña favorita…¿qué crees que te depara el futuro? ¿Un insulso noviciado en algún Templo de los Reinos? No…yo había pensado en otra cosa…

Mientras hablaba la había ido empujando hacia la gran cama con dosel que dominaba la estancia. Tenía sábanas de suave algodón, un colchón de plumas y un armazón de madera de roble de las islas Duruwen. La lanzó contra el mullido colchón y se subió sobre ella, abriéndole las piernas. Ella comprendió que no hablaría más hasta conseguir lo que quería, así que se dejó hacer, deseando que pasase lo antes posible.

 

El Alto Sacerdote la besó con furia, llevado por la intensa lujuria que lo dominaba cuando estaba con ella. Fue bajando por el cuello, besando y mordiendo con una fuerza excesiva mientras le iba arrancando la ropa del cuerpo. Olió la sangre y reprimió un suspiro de frustración, pues aquello significaba que era una de sus noches más salvajes. Y le había tocado a ella. Qué bien. Giró la cabeza y vio la colección de látigos y demás instrumentos expuesta en una mesa. Una intensa corriente de furia recorrió su columna. ¿De las más salvajes? Aquello era peor. Había algunos que no había visto jamás y que preferiría no experimentar en su cuerpo… Él interpretó el escalofrío como deseo e incrementó el ritmo de los besos, llevó una mano a su sexo e introdujo dos dedos con fuerza, una y otra vez, como si pretendiese taladrarla de un lado a otro. Ella contuvo el impulso de cerrar las piernas y atacarle.

Aquel hombre estaba midiendo su respuesta a su brutalidad, estudiaba los límites de su cuerpo, hasta dónde podía forzarlos… Ella llevaba años soportando estoicamente todas y cada una de sus torturas sin emitir un solo sonido de queja, lo cual era, sin asomo de duda, contraproducente: porque el Alto Sacerdote se frustraba consigo mismo porque pensaba que estaba haciendo algo mal y con ella porque pensaba que le estaba retando. Y no se equivocaba del todo. Se había propuesto no darle la satisfacción de oírla gritar… Al menos no a ella, al menos no de esa manera.

Paró y se levantó de la cama, la puso a ella con la cabeza colgando del borde de la cama y comenzó a penetrarle la garganta de la manera más bestia. Pero ella apenas sentía dolor. Eran ya demasiados años de práctica… Cuando se cansó de esa postura de cogió de las caderas, la puso de espaldas a él y empezó a embestirla con fuerza…tanto que llegaba hasta el fondo y dolía. Pero ella no soltó el más mínimo gemido. De hecho, llegó a disfrutar de aquel salvajismo… Había aprendido que, si inclinaba un poco las caderas hacia dentro con cada embestida alcanzaba un punto de placer que la volvía loca y la hacía alcanzar el clímax. Pero él no debía darse cuenta de nada…

Finalmente la soltó. Y ella supo que estaba a punto de acabar. La tumbó en la cama bocarriba, se puso él encima y volió a penetrarla, esta vez lenta y profundamente. La agarró del pelo y la obligó a mirarle a la cara mientras escupía sucias palabras sobre ella.

-Dime, puta, ¿te gusta? ¿Estás pasándolo bien? Sí, esa cara de zorra viciosa dice que te gusta que te folle como a una perra…Oh, sí… ¡¡Sé que te gusta que te taladre con mi polla!! Vamos, suplicame más… ¡¡Chilla, puta!! ¡¡Grita!!

Entonces tiró de su pelo todo lo fuerte que pudo mientras se corría dentro de ella con un grito como de triunfo. Ella sentía como su semen la llenaba y se desbordaba. Y, para su desgracia, ella se convulsionó con el orgasmo más intenso que jamás había experimentado. El hombre la miró con una ceja alzada y una sonrisa irónica en la cara.

-¿Ves, putilla mía? Sabía que te gustaba…

Por suerte estaba ya viejo y tuvo que tumbarse a su lado para recuperar el aliento. Ella, de espaldas a él, esperó la orden de siempre de tomarse las hierbas para no quedarse embarazada. Pero la orden no llegaba.

-Mi señor…las hierbas…-acertó a balbucear.

-¿Hierbas? No seas ridícula… Eso forma parte de lo que te depara el futuro. Te quedarás aquí y serás mi concubina. Tendrás mis hijos y me satisfarás cuando yo quiera, a pesar de que siga follándome a todas las tiernas novicias que pasen por aquí hasta el día de mi muerte. Me darás hijos varones a los que instruiré para sucederme y a los que también satisfarás cuando yo guste. Me darás hijas hembras a las que me follaré hasta reventarlas cuando me venga en gana. Serán mías, mi sangre…Mias…

Casi pudo oír cómo se relamía… Con cada palabra aumentaba el asco que sentía por aquel ser, tan despreciable que hasta en el mismísimo infierno lo repudiarían.

Paralizada de rabia como estaba no vio que le inmovilizaba las muñecas contra los postes de la cama y se levantaba para coger uno de los horribles instrumentos aquellos. Entonces empezó a gritar. Tantos años reprimidos salieron de golpe de su garganta. Sabía que nadie la oiría y que, de hacerlo, nadie movería un dedo para ayudarla. Pero sentía que debía gritar hasta que los pulmones le estallasen.

Él se fue acercando a ella con el artefacto en la mano, sonriendo como el loco que era y, cuando estaba a punto de tocarla con el frío metal, una de las ventanas estalló sembrando la habitación de cristales.

Corazón de gárgola (II)

Cuando alzó la cabeza ya había anochecido. Se había sumido tanto en sus reflexiones que apenas se había dado cuenta de que los cálidos naranjas y rosados del atardecer habían dado paso al fresco azul oscuro, casi negro, salpicado de plata, de una noche tranquila y silenciosa.

Se puso en pie sobre el hombro de la gárgola, en perfecto equilibrio, y estiró sus entumecidos músculos. Desde allí veía a las últimas personas honradas dirigirse a sus casas con paso presuroso… y a los ladrones y desheredados salir de las sombras. Vio cómo un par de ratas asaltaban a un hombre para robarle lo poco que llevara encima. El hombre se enfrentó a ellos. Craso error. Si les hubiese dado lo que querían se habrían largado; pero al pegarles había firmado su sentencia de muerte. Sí, tal cómo pensaba, un cuchillo entre las costillas, perforando un pulmón muy cerca del corazón pero sin llegar a tocarlo. Los ladrones se largaron dejando allí a su victima agonizante. Supuso que podría bajar corriendo y avisara a las sanadoras,pero… ¿para qué? ¿Y si le ayudaban, sobrevivía, pero después de aquello se convertía en otra rata desalmada? Se encogió de hombros. No era problema suyo. Debió haber sido más listo y no dejarse llevar por la desesperación. La desesperación de conservar unas mísers monedas para alimentar a una familia, tal vez. Bien, ahora esa familia sí que pasaría hambre. Sacudió la cabeza, se dio la vuelta y, de un salto volvió al tejadillo; pasó por la ventana y la cerró. Les dedicó una última mirada a sus pétreas compañeras, como pidiéndoles ánimos, y se alejó de allí en dirección a la Torre Alarëin. 

Recorrió los pasillos sola y en un silencio más que absoluto. Los más probable es que todos estuviesen durmiendo ya. O casi todos. Torció el gesto en una mueca de repulsión apenas perceptible cuando se cruzó con dos enormes matones que se dirigían a la salida del Templo. Entre risotadas estúpidas la acorralaron contra la pared y le pusieron las manos encima. Aguantó sus soeces, su peste asfixiante a alcohol, sudor, sangre (¿sangre?), y sexo; sus intentos de convencerla para que les hiciera… otro favorcillo hasta que no pudo más y estalló. Les soltó un puñetazo a cada uno en la mandíbula con una fuerza desmesurada pero que no consiguió más que enfurecerlos y, cegados como estaban por el alcohol, se lanzaron a por ella. La tiraron al suelo y mientras se retorcía tratando de morderles y arañarles ellos intentaban arrancarle la ropa. Consiguió morder a uno en el brazo, fuerte, hasta que le hizo sangrar. Aquella bestia se la sacudió de un tirón y estaba a punto de golpearle la cabeza contra el suelo para dejarla inconsciente cuando, tras ellos apareció la figura alta y estilizada del Alto Sacerdote.

-Amigo, yo que usted no lo haría.-dijo sin alzar la voz, pero con la amenaza más que patente.

El bruto se giró y le miró embobado, sin acertar plenamente quién era, pero cejó en su empeño de golpearla. Ambos matones se levantaron para enfrentarse al recién llegado que parecía querer arrebatarles la diversión.

-Oh, no. No creo que haga falta que nos enfrentemos, ¿verdad? Os la cambio por una de mis nuevas adquisiciones, una hermosa y jovencísima belleza rubia del Reino de Gereel-sacó a la pequeña de detrás suya. La niña no tendría más de diez años y en su rostro se veía que el Alto Sacerdote ya había probado su…nueva adquisición.

Los hombres se miraron y, sonriendo como bobos, asintieron, cogieron a la niña y se marcharon hacia las habitaciones de las que acababan de salir. 

El Alto Sacerdote la miró por encima del hombro, con la habitual mirada llena de lujuria animal que le tenía reservada a ella, su favorita, como él la llamaba. Con un gesto la indicó que le siguiera. 

Cuando llegaron a sus aposentos de la Torre él cerró las puertas tras de sí y echó el cerrojo. Con llave. Doble vuelta. Ella le miró impasible, pero por dentro bullía de furia. Se asomó a las ventanas y vio desde allí a sus gárgolas, algunas de ellas miraban en dirección a esa ventana. les devolvió su estática mirada y se sintió un poco mejor. Se giró para mirarle. Estaba tan cerca de ella que casi podía sentir los latidos desbocados de su negro corazón. Alzó una mano y recorrió lentamente su rostro. Le temblaba el pulso. Se acercó aún más y ella supo que sería una larga noche sometida a sus lujuriosas depravaciones…

-Bien, mi pequeña favorita…¿Qué es lo que quieres?

Corazón de gárgola

Estaba asomada a su balcón favorito, el que daba a la repisa de las gárgolas. Admiraba la vista de la ciudad que tenía desde lo alto del templo, pero lo que más le gustaba era salir por la ventana y sentarse junto a sus viejas amigas, las únicas que jamás le habían hecho daño… Tal vez fuese porque eran de piedra, el mismo material frío y duro, inamovible e impenetrable que recubría su corazón.

Se subió al alfeizar y saltó al tejadillo que había bajo la ventana. Trepó hasta el hueco que quedaba entre el cuello y el ala de la gárgola más grande y se sentó allí, dejando que el fresco viento de finales de una tarde de primavera le revolviera el pelo y se llevara sus preocupaciones. Como qué pasaría cuando cumpliera los dieciséis años. Había vivido en el Templo del Oráculo de Nïhm desde que naciera,o al menos eso es lo que el Alto Sacerdote le había contado. Había recibido la misma formación que todas las novicias, pero jamás había acudido a las clases con ellas. En una semana era su cumpleaños y, a los dieciséis las novicias eran enviadas a los distintos Oráculos de los reinos de Dureldan, Baerhon, Sindare, Gereel y Nameryss para terminar su formación y ascender a sacerdotisas para luego especializarse. Las más dotadas terminaban trabajando en el propio Oráculo, transmitiendo el mensaje de los dioses. Pero a ella nunca le habían dicho qué le deparaba el futuro. Y tampoco le hacía demasiada gracia acabar en un Templo de por vida. Si aún existiese la Orden de las Sarhaïen, las sacerdotisas guerreras… pero el Rey la había eliminado hacía más de cincuenta años, cuando subió al trono.

Suspiró larga y pesadamente. Tendría que ir a hablar con el Alto Sacerdote pronto, aunque cada vez que lo pensaba le entraban escalofríos de rabia y repulsión. Los Altos Sacerdotes debían ser ejemplos de rectitud y pureza. Aquel hombre era de todo menos eso. Se encerraba largas horas en sus dependencias con una o varias novicias y se entregaba a sus perversiones. Les hacía de todo: les sacaba la sangre y la bebía mezclada con vino, o directamente de la muchacha; las poseía contra su voluntad, las obligaba a hacerlo entre ellas o traía matones sucios, malolientes y brutos de los barrios más bajos y degradados de la ciudad para que las violasen a placer… Pero nadie fuera del Templo sabía nada, incluso dentro de aquellas paredes había gente que desconocía lo que pasaba dentro de las habitaciones de la Torre Alarëin, la Torre del Sol. Si ella lo sabía era porque lo había sufrido en sus propias carnes. Y había visto que las amenazas de aquel hombre se cumplían, aunque fuesen de muerte.

Apoyó la cabeza en la de la gárgola y una silenciosa lágrima descendió por su cara hasta caer en la roca tallada. Algún día le haría pagar todo por lo que la había hecho pasar. Y aquel día no estaba tan lejos como esperaba…