Corazón de gárgola (II)

Cuando alzó la cabeza ya había anochecido. Se había sumido tanto en sus reflexiones que apenas se había dado cuenta de que los cálidos naranjas y rosados del atardecer habían dado paso al fresco azul oscuro, casi negro, salpicado de plata, de una noche tranquila y silenciosa.

Se puso en pie sobre el hombro de la gárgola, en perfecto equilibrio, y estiró sus entumecidos músculos. Desde allí veía a las últimas personas honradas dirigirse a sus casas con paso presuroso… y a los ladrones y desheredados salir de las sombras. Vio cómo un par de ratas asaltaban a un hombre para robarle lo poco que llevara encima. El hombre se enfrentó a ellos. Craso error. Si les hubiese dado lo que querían se habrían largado; pero al pegarles había firmado su sentencia de muerte. Sí, tal cómo pensaba, un cuchillo entre las costillas, perforando un pulmón muy cerca del corazón pero sin llegar a tocarlo. Los ladrones se largaron dejando allí a su victima agonizante. Supuso que podría bajar corriendo y avisara a las sanadoras,pero… ¿para qué? ¿Y si le ayudaban, sobrevivía, pero después de aquello se convertía en otra rata desalmada? Se encogió de hombros. No era problema suyo. Debió haber sido más listo y no dejarse llevar por la desesperación. La desesperación de conservar unas mísers monedas para alimentar a una familia, tal vez. Bien, ahora esa familia sí que pasaría hambre. Sacudió la cabeza, se dio la vuelta y, de un salto volvió al tejadillo; pasó por la ventana y la cerró. Les dedicó una última mirada a sus pétreas compañeras, como pidiéndoles ánimos, y se alejó de allí en dirección a la Torre Alarëin. 

Recorrió los pasillos sola y en un silencio más que absoluto. Los más probable es que todos estuviesen durmiendo ya. O casi todos. Torció el gesto en una mueca de repulsión apenas perceptible cuando se cruzó con dos enormes matones que se dirigían a la salida del Templo. Entre risotadas estúpidas la acorralaron contra la pared y le pusieron las manos encima. Aguantó sus soeces, su peste asfixiante a alcohol, sudor, sangre (¿sangre?), y sexo; sus intentos de convencerla para que les hiciera… otro favorcillo hasta que no pudo más y estalló. Les soltó un puñetazo a cada uno en la mandíbula con una fuerza desmesurada pero que no consiguió más que enfurecerlos y, cegados como estaban por el alcohol, se lanzaron a por ella. La tiraron al suelo y mientras se retorcía tratando de morderles y arañarles ellos intentaban arrancarle la ropa. Consiguió morder a uno en el brazo, fuerte, hasta que le hizo sangrar. Aquella bestia se la sacudió de un tirón y estaba a punto de golpearle la cabeza contra el suelo para dejarla inconsciente cuando, tras ellos apareció la figura alta y estilizada del Alto Sacerdote.

-Amigo, yo que usted no lo haría.-dijo sin alzar la voz, pero con la amenaza más que patente.

El bruto se giró y le miró embobado, sin acertar plenamente quién era, pero cejó en su empeño de golpearla. Ambos matones se levantaron para enfrentarse al recién llegado que parecía querer arrebatarles la diversión.

-Oh, no. No creo que haga falta que nos enfrentemos, ¿verdad? Os la cambio por una de mis nuevas adquisiciones, una hermosa y jovencísima belleza rubia del Reino de Gereel-sacó a la pequeña de detrás suya. La niña no tendría más de diez años y en su rostro se veía que el Alto Sacerdote ya había probado su…nueva adquisición.

Los hombres se miraron y, sonriendo como bobos, asintieron, cogieron a la niña y se marcharon hacia las habitaciones de las que acababan de salir. 

El Alto Sacerdote la miró por encima del hombro, con la habitual mirada llena de lujuria animal que le tenía reservada a ella, su favorita, como él la llamaba. Con un gesto la indicó que le siguiera. 

Cuando llegaron a sus aposentos de la Torre él cerró las puertas tras de sí y echó el cerrojo. Con llave. Doble vuelta. Ella le miró impasible, pero por dentro bullía de furia. Se asomó a las ventanas y vio desde allí a sus gárgolas, algunas de ellas miraban en dirección a esa ventana. les devolvió su estática mirada y se sintió un poco mejor. Se giró para mirarle. Estaba tan cerca de ella que casi podía sentir los latidos desbocados de su negro corazón. Alzó una mano y recorrió lentamente su rostro. Le temblaba el pulso. Se acercó aún más y ella supo que sería una larga noche sometida a sus lujuriosas depravaciones…

-Bien, mi pequeña favorita…¿Qué es lo que quieres?

Corazón de gárgola

Estaba asomada a su balcón favorito, el que daba a la repisa de las gárgolas. Admiraba la vista de la ciudad que tenía desde lo alto del templo, pero lo que más le gustaba era salir por la ventana y sentarse junto a sus viejas amigas, las únicas que jamás le habían hecho daño… Tal vez fuese porque eran de piedra, el mismo material frío y duro, inamovible e impenetrable que recubría su corazón.

Se subió al alfeizar y saltó al tejadillo que había bajo la ventana. Trepó hasta el hueco que quedaba entre el cuello y el ala de la gárgola más grande y se sentó allí, dejando que el fresco viento de finales de una tarde de primavera le revolviera el pelo y se llevara sus preocupaciones. Como qué pasaría cuando cumpliera los dieciséis años. Había vivido en el Templo del Oráculo de Nïhm desde que naciera,o al menos eso es lo que el Alto Sacerdote le había contado. Había recibido la misma formación que todas las novicias, pero jamás había acudido a las clases con ellas. En una semana era su cumpleaños y, a los dieciséis las novicias eran enviadas a los distintos Oráculos de los reinos de Dureldan, Baerhon, Sindare, Gereel y Nameryss para terminar su formación y ascender a sacerdotisas para luego especializarse. Las más dotadas terminaban trabajando en el propio Oráculo, transmitiendo el mensaje de los dioses. Pero a ella nunca le habían dicho qué le deparaba el futuro. Y tampoco le hacía demasiada gracia acabar en un Templo de por vida. Si aún existiese la Orden de las Sarhaïen, las sacerdotisas guerreras… pero el Rey la había eliminado hacía más de cincuenta años, cuando subió al trono.

Suspiró larga y pesadamente. Tendría que ir a hablar con el Alto Sacerdote pronto, aunque cada vez que lo pensaba le entraban escalofríos de rabia y repulsión. Los Altos Sacerdotes debían ser ejemplos de rectitud y pureza. Aquel hombre era de todo menos eso. Se encerraba largas horas en sus dependencias con una o varias novicias y se entregaba a sus perversiones. Les hacía de todo: les sacaba la sangre y la bebía mezclada con vino, o directamente de la muchacha; las poseía contra su voluntad, las obligaba a hacerlo entre ellas o traía matones sucios, malolientes y brutos de los barrios más bajos y degradados de la ciudad para que las violasen a placer… Pero nadie fuera del Templo sabía nada, incluso dentro de aquellas paredes había gente que desconocía lo que pasaba dentro de las habitaciones de la Torre Alarëin, la Torre del Sol. Si ella lo sabía era porque lo había sufrido en sus propias carnes. Y había visto que las amenazas de aquel hombre se cumplían, aunque fuesen de muerte.

Apoyó la cabeza en la de la gárgola y una silenciosa lágrima descendió por su cara hasta caer en la roca tallada. Algún día le haría pagar todo por lo que la había hecho pasar. Y aquel día no estaba tan lejos como esperaba…